LUZ ADRIANA

9 AÑOS DE CONOCER A MI AMADA LUZ ADRIANA

Hoy 28 enero se cumplen nueve años de habernos conocido.

Hace 9 años, en la Cinemateca Distrital nuestros caminos se cruzaron.

Son tiempos difíciles, los mas difíciles de nuestra historia, pero son también tiempos de esperanza.

Estoy convencido que vale la pena luchar por el Hogar, vale la pena crecer y Ser Adulto para reparar y reconstruir mi Hogar.

Todo lo que escribo es mi manera de dejar huella de esta lucha.

Estoy luchando y no me daré por vencido.

Cuando Luz Adriana cumplió 28 años le escribi un relato en el que daba cuenta de la manera como nos encontramos aquel sabado 28 de enero de 2006.

Anoche pasé por la Cinemateca y tome estas fotos.

De modo que con ese relato y este vídeo, dejo constancia de mi alegría por haberme encontrado en este camino de la vida con esta maravillosa mujer. ´

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“Es medio día, a mi lado tengo a la mujer que inspira estas letras. Ella probablemente no se espera esta sorpresa. Estoy escribiendo para ella. ¿Porqué? Es su cumpleaños, hoy llega a sus 28 y me nace dedicarle unos cuantos párrafos para dejar una huella de lo que significa esta poderosa mujer en mi existencia.

No pretendo argumentar, estas cosas no se piensan, sólo se sienten. Hace poco, leía en Pinker una reivindicación del destino. ¿Existe el destino? ¿Cómo explicar la forma en que conocí a la mujer que hoy ilumina mi camino?

Nuestras vidas se cruzaron un 28 de enero de 2006. Los libros han resultado para mí una salvación. Ella misma lo dice. Gracias a ellos llamé su atención. Era sábado y me disponía a ingresar a una función de cine en la Cinemateca Distrital. Mientras hacia fila, -como de costumbre- ojeaba un libro que recién había comprado (“La Parapsicologia: realidad, ficción o fraude” de Antonio Velez). Yo sentí su mirada, proveniente de unos ojos grandes y expresivos, ella estaba ahí, imponente y hermosa con su larga cabellera azabache, tratando de averiguar curiosamente lo que yo leia.

Hasta antes de ingresar al teatro todo transcurría normalmente. Simplemente se trataba de dos desconocidos, que en la noche de un sábado buscaban algo de entretenimiento. Y el cine-arte, para ambos lo es. Recuerdo que la película era una comedia europea llamada “Vodka Limón”.

Su insistente mirada no me fue indiferente. Pero… ¿Cómo abordarla? Bogotá no es una ciudad donde la gente desconocida interactué con facilidad. No sabía como hacerlo. Entramos, vimos la película, intente sentarme a su lado, pero fue infructuoso. Me invadió la timidez. Me senté tres puestos delante suyo y de vez en cuando cabeceaba para cerciorarme que ella aun seguía ahí, y que no se trataba de una mera ilusión.

Cuando terminó la película –que por cierto se me hizo eterna-, pasaron por mi mente una cantidad de estrategias para abordarla, y mientras ella iba saliendo del teatro, mi tiempo se iba agotando. Yo detrás de ella, tratando de vencer mi vergüenza, de lanzarme, ¿Pero que le decía? ¿A cuenta de que la abordaba?

Finalmente ella salió del teatro y cogió camino por la séptima hacia el sur. En ese momento yo estaba totalmente hipnotizado, fuera de mi, pero ¿Qué hacia? Resolví echarlo a la suerte. Me quede parado viendo como se alejaba lentamente, caminando hacia el sur, en ese momento me dije: “Si voltea a mirar, la persigo” y así fue. Voltió a mirar, como si de paso me invitara a que fuera detrás de ella. No vi otra opción que perseguirla, algo se me ocurriría en el trayecto para abordarla.

Camine detrás suyo, a media cuadra de distancia. Ni tan cerca para no asustarla, ni tan lejos como para no perderla de vista. Cuando llegó a la 22 con 7ma giró hacia el occidente, hacia la carrera decima. Yo seguía detrás, al acecho. Esperando que se me ocurriera algo, sentía como si ella me estuviera arrastrando.

Cuando ella llegó a la carrera 10ma, la cruzó con la firme intención de abordar un bus hacia el sur. En ese momento no tuve más opción, hice lo propio y sin dudarlo la abordé y le dije: “hola”. Ella con soltura contestó: “hola”. ¿Nos tomamos un café? –le propuse-. “Bueno” Contestó ella. Volvimos a cruzar la 10ma y nos encaminamos hacia el Terraza Pasteur, a un bar muy conocido llamado Café Cinema.

Como una forma de romper el hielo nos fuimos conversando sobre la película. Ni siquiera nos presentamos. Lo vinimos a hacer cuando ya estábamos en el bar. Un sitio muy ameno y que se prestó para la ocasión, con trova cubana de fondo y música protesta, allí compartimos nuestras pasiones, hablamos de la que teníamos en común: los libros. Además del mencionado libro de Antonio Velez, ese día había adquirido una biografía de Lenin. Ella tenía uno sobre Nostradamus que había comprado por pura curiosidad, no porque creyera en esas superchicerias.

Esto parece un cuento pero es verdad. Como es verdad que después de mas de cuatro horas de estar conversando, y apelando a los recuerdos que tenia de Jean Baptiste Grenoulle (el protagonista de El Perfume) la seduje y la bese. ¿O ella me sedujo a mi? O nos sedujimos mutuamente desde que estábamos haciendo la fila para ingresar al teatro.

Andréz Paz // Psicología de la Vida

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