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RIQUEZA Y POBREZA

Dios es mi punto de partida.

Dios es mi mayor fuente de amor y sabiduría.

¿Por qué cuesta tanto comprender esto?

Es decir; sentirlo, entenderlo, practicarlo.

No llego a esta sensación por las vías amorosas sino por las dolorosas.

El sufrimiento que hoy cargo sobre mis espaldas me ha acercado a mi punto de partida:

Dios.

Son las palabras mi mayor recurso, con ellas expreso mi  sentir, mi pensar y doy cuenta de mi actuar.

Son las palabras las que me hacen sentir vivo.

Por eso escribo, por eso hablo, por eso comparto lo que siento, pienso y hago.

Estoy experimentando una doble sensación de riqueza y pobreza.

La riqueza está en mi corazón y en mi cabeza, es lo que Dios me da; amor y sabiduría.

La pobreza está en mi estómago, hoy carezco de pan y de techo y de hogar.

Es mi propio ego el que me ha traído a este desierto de sufrimiento, no hay culpables, yo soy el único responsable de mi destino.

¿Será que ya toque fondo?

¿Será que mi destino es el inframundo?

¿Cómo saber si estoy caminando hacia el cielo o el infierno?

¿Cuándo saldré de este purgatorio?

¿De qué otra forma tendré que pagar mis penas?

¿Cuál será la salida de este laberinto en el que estoy metido?

Sí, estoy melancólico, quizá sea por los terrenos de la melancolía donde encuentre la salida.

Este sentir melancólico me dice que no puedo aspirar a la trascendencia sin antes asegurar la supervivencia, ni mucho menos crecer en sapiencia.

Si es verdad que Dios es mi mayor fuente de amor y sabiduría, pues entonces no tengo más remedio que confiar en ello, tener fe en que este momento es apenas una transición, una dura prueba de la vida para fortalecer mi espíritu.

La prueba del amor de Dios es que me ha dado un don: la palabra. Y unos talentos: ser conferencista, escritor y formador. Aquí  está la clave de mi salvación, compartir lo que Dios me ha dado y cultivar el terreno que se me ha encomendado.

Allí, en ese terreno llamado Transmilenio está el pan, está  la sabiduría que viene con la práctica constante, está el amor que se cosecha cuando crees en lo que haces.

Redacto estas líneas antes de empezar mi jornada en Transmilenio, una labor que tendré que repetir una y otra vez  hasta que pueda cosechar los frutos del trabajo constante; no solo el pan, sino también la satisfacción de velar por ti mismo y sobre todo, de aportar con la supervivencia, el crecimiento y la trascendencia de esos seres que Dios ha puesto bajo mi responsabilidad paterna:

Mis hijos.   

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