biografia, FAMILIA DE ORIGEN

LLEGUÉ A LOS 32 AÑOS Y DESCUBRÍ LA LABOR DE MI VIDA: LA FORMACIÓN AFECTIVA (Parte 1)

Mis 32 con mi amada

La Vida no es lo que uno va a vivir sino lo que ha vivido y está viviendo. Por eso, el mejor regalo de cumpleaños que he tenido en mis 32 años de existencia es el regalo de la Formación Afectiva que me ha dado la Vida.

Antes de encontrar a mi esposa Luz Adriana -con quien gestamos y le hemos dado vida cultural al Oficio de la Formación Afectiva– no imaginaba que llegaría a esta edad siendo lo que hoy soy: un esposo, un padre y un Formador Afectivo.Máxime cuando el rumbo que traía el barco de mi vida no tenía como destino lo que hoy para mi es una bella realidad vital.

Orianna y Dante

En ese ya lejano año 2006, a mis 25 años era como un barco a la deriva. Aunque lo sentía, todavía no me planteaba con tanta determinación el asunto de la Autonomía. Era dependiente. Estaba anclado a un estilo de vida en el que no veía con claridad la posibilidad de tener una esposa, mucho menos unos hijos, y ni que decir de ganarme la vida con un Oficio que además me permite ser mejor ser humano cada día.

Una de las habilidades que cultiva y enseña un Formador Afectivo es el Autoconocimiento. Dicha habilidad es fundamental para uno explicarse y comprehender su propia vida. Esta bitácora es justamente un ejercicio de reflexión vital que tiene como propósito seguir ahondando en el conocimiento de mi mismo.

Desde la Formación Afectiva, sostenemos que la Vida es como una obra de teatro con ocho escenarios diferentes aunque estrechamente conectados entre sí. En esta bitácora te mostrare los primeros cuatro escenarios y si quedas con ganas de mas, te invito a que leas la segunda parte.

El primero de esos escenarios es el Sí Mismo. Parafraseando a Facundo Cabral, la Vida nos hizo cargo de un ser humano: nosotros mismos!!!!. ¿Pero dónde nos enseñan a lidiar con nosotros mismos? No conozco ese lugar. Ni tampoco ninguna profesión que se dedique a eso de forma específica. Por eso le hemos dado vida al oficio de la Formación Afectiva, para guiar nuestra propia existencia y compartir nuestras experiencias con aquellos que quieran tomar el timón de sus vidas. Antes de encontrarme con la Formación Afectiva no tenía ni idea de cómo podía lograrse esto, hoy, a mis 32 años el panorama está despejado para seguir aprehendiendo y compartiendo.

El segundo escenario es la Familia. Los Formadores Afectivos distinguimos entre Familia de Origen y la Neofamilia. La Familia de Origen puede jugar dos papeles en la vida de uno: puede ser un valioso apoyo o una pesada carga. Es sumamente importante reconocer esta realidad, de ello depende que uno siga adelante con su viaje existencial y progrese o se quede estancado y frustrado.

Por experiencia propia y por lo observado en las vidas de las personas con las que hemos trabajado, puedo decir que reconocer el papel que juega la Familia de Origen en la vida de uno es sumamente difícil. La razón estriba en que hacerlo tiene implicaciones afectivas que al principio duelen, pero que con el tiempo resultan saludables afectivamente hablando. En este reconocimiento se interpone un mecanismo psicológico que hace las veces de calmante temporal pero a su vez nos aleja de tomar las decisiones que debemos tomar: el autoengaño.

Al respecto, la Psicología Evolucionista, en la voz cantante de Steven Pinker[1], nos cuenta como Robert Trivers llevando su teoría de las emociones a su conclusión lógica, señala que en un mundo habitado por detectores de mentiras vivientes, la mejor estrategia es creerse las propias mentiras. Uno no puede fugarse de sus intenciones ocultas si no piensa que son las suyas propias. En conformidad a su teoría del autoengaño, cuanto mejor se oculta la verdad respecto de si mismo, mejor la oculta a los demás.

Pero como bien lo señala Pinker, la verdad es útil, por tanto debe quedar consignada en el algún lugar de la mente.[2] Y si esto es así, en algún momento puede salir a flote y nos veremos entonces ante dos opciones: o la reprimimos y nos seguimos autoengañando o la aceptamos (aunque nos duela) y actuamos en consecuencia.

Yo decidí aceptar la verdad y aunque me ha dolido, también me he sentido más libre y por lo tanto más autónomo.  En mi caso, mi Familia de Origen en lugar de ser un valioso apoyo, ha resultado ser una pesada carga. Esta realidad nos enfrenta a tomar decisiones: o aceptas esa carga y sufres con ella; o tomas distancia y te dedicas a construir tu vida.  Yo opté por el segundo camino y eso me ayudó a valorar el regalo de mi Neofamilia.

Mi Neofamilia

Mi Neofamilia es una tribu conformada por nueve personas. Nuestros Tutores Vitales: Silvino e Imelda. Mis cuñadas: Marleny y Patito. Mis sobrinos políticos (hijos de Marleny) Damian y Sander. Y por supuesto, mi esposa Luz Adriana y nuestros dos hijos: Orianna y Dante.

Uno no elige su Familia de Origen, pero si puede elegir su Neofamilia. El problema es que cuando tu Familia de Origen ha sido una pesada carga, se corre un alto riesgo de que la Neofamilia continúe con esa misma lógica. Por eso es tan importante tomar Conciencia Familiar; para comprehender de qué tipo de familia vengo. De eso depende que continúe con un círculo virtuoso o rompa con un círculo vicioso.

Yo tuve que romper con un círculo vicioso de violencia intrafamiliar. Y de no ser por la profunda sabiduría de mí esposa y las enseñanzas emanadas de la Formación Afectiva, no habría sabido como tomar distancia. Me habría seguido dominando un segundo mecanismo psicológico que se suma al del autoengaño: me refiero a la punzante Culpa.

El tercer escenario de esta obra de teatro llamada Vida es la relación de pareja. Antes de la llegada de Luz Adriana a mi obra existencial, mi vida en ese escenario tenía una constante; mis relaciones de pareja tenían como propósito llenar esos vacios afectivos, suplir esas carencias afectivas que me habían quedado como consecuencia de haber tenido una crianza indiferente, sin tutores afectivos que me preparan para vivir la vida.

Formalmente tuve pocas novias, pero informalmente tuve varios romances. En aquella época no cabía en mi mente la idea de la fidelidad, no veía como podía ser posible. De hecho, de no ser por Luz Adriana y la Formación Afectiva, muy seguramente me habría unido al club de los “coleccionistas de polvos fugaces”. Aquí me acuerdo de un par de compañeros de universidad. Alguna vez conversando sobre nuestras peripecias sexuales, salió a colación el cuento de la cantidad. Uno de ellos en ese entonces ya sumaba 90 mujeres que habían pasado por su lecho. En esa época me daba envidia, hoy me da lástima. Se dedicó a coleccionar polvos y renunció al compromiso. No obstante la oportunidad que le dio la vida con sus dos hijos concebidos en su temprana juventud.

El cuarto escenario es el trabajo. Y aquí entra nuevamente mi Familia de Origen. El tipo de familia tan caótico del que provengo me llevó afrontar una dura realidad desde los 10 años de edad. Si quería sobrevivir debía trabajar. En mi memoria emocional están los recuerdos de un niño que vendía sahumerio en Pereira durante la semana santa. También de un niño que en su afán de buscar recursos y ante la indiferencia de sus padres, hizo parte de una cadena de distribución de sustancias psicoactivas. Buscando evadir esa realidad, ese niño migró de ciudad y en Cali incursionó en el mundo de la venta de dulces y cigarrillos. Me acuerdo como si fuera ayer de ese primer puestico que monté al frente de la Droguería del “tío rico” de la familia Becerra. También me acuerdo de las intensas jornadas en la Ermita vendiendo paquetes de chitos de los grandes y galletas waffer. Esa fue mi realidad. Hoy me pregunto: ¿Por qué no me paso nada? ¿Por qué nunca pasé un gran susto? ¿Por qué nunca fui víctima de algún abuso? ¿Por qué nunca me violentaron? Reflexiono y llego a la conclusión que estaba más seguro en la calle que en la casa. Que paradoja.

Desde entonces no he parado de trabajar. Después del inevitable internado seguí trabajando. Pero esta vez más formalmente y de la mano de quien considero uno de mis padres psicológicos: el padre Arnoldo Acosta. Un Religioso Terciario Capuchino que la vida puso en mi camino para seguir construyendo este proyecto de vida que hoy se hizo materia con la Formación Afectiva.

Mi vida laboral con los Terciarios empezó como mensajero en la OPAN. Después fui “ascendido” a vigilante -gracias a lo cual me di el lujo de estudiar de día y “trabajar” de noche- y después pude ejercer como psicólogo en el ahora extinto Colegio Seminario Espíritu Santo (COLSES).

Sea esta la oportunidad para reconocerlo públicamente: el apoyo de los Terciarios Capuchinos resultó vital en mi proyecto de vida. Sobre todo, el afecto de mí querido padre Arnoldo. Este hombre ha estado presente en mi vida desde los 13 años de edad y todavía siento su presencia. Gracias a él pude ingresar a la Universidad y gracias a él pude asegurarle la pensión de vejez a mi padre biológico. También gracias a él, pude tener los dos únicos empleos en los que me desempeñé como psicólogo y también gracias a él, hemos tenido varios casos como Formadores Afectivos. De modo que sigue ahí, y seguirá estándolo porque mi gratitud hacia él me acompañará hasta el fin de sus días o de los míos. Con los Terciarios Capuchinos solo me queda un sueño pendiente. Anhelo el día en que pueda retribuir de alguna manera todo lo que hicieron por mí, ser un testimonio vivo de la obra amigoniana.

De manera que con respecto al trabajo también hay un antes y un después. Conocer a Luz Adriana y ser adoptado por su tribu familiar, -que ahora también es la mía- fue determinante para construir mi evolución de la dependencia a la Autonomía. Como ambos lo sabemos, la Formación Afectiva no sería posible de no haber contado con el generoso apoyo de toda la tribu. Sin ellos, esta historia no habría sido una hermosa realidad.

Esta historia continua en la segunda parte…

Aqui.


[1] Steven Pinker “Cómo funciona la mente” Ediciones Destino, enero de 2001.

[2] Ibid pag 540

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